Morante, Diego Urdiales y Juan Ortega salen a hombros en una tarde memorable

Crónica Diario LA RIOJA: Arnedo rebosa arte en una explosión de euforia y emociones /Morante, Diego Urdiales y Juan Ortega ofrecen una tarde extraordinaria en la que salieron los tres por la puerta grande (Por JESÚS RUBIO)

Arnedo se convirtió en la tarde de este sábado en el eje del toreo. Era el día. La cita con el arte y la propia vida, porque nos reencontramos sin fisuras con aquello casi olvidado por la pandemia, como eso de sentirnos tan cerca y disfrutar juntos. Ya sin límites de aforos, el Arnedo Arena se llenó. Más de cinco mil espectadores al reclamo del toreo o en busca de un algo muchas veces inexplicable. Prácticamente ningún espectáculo en la ciudad del calzado ha conseguido tal peregrinaje de personas como los toros. Qué gozada. Entradón, de los que se recuerdan como aquel ‘no hay billetes’ del día de la inauguración con José Tomas en el cartel. Ayer fue al reclamo de Morante, Urdiales y Ortega. Arte. Esencia. Diego aparecía tras el enorme susto en Valencia 24 horas antes. Dolorido, mucho, con una cornada interna pero firme y con todo hizo el paseíllo. Decidido. Morante estuvo entregadísimo, arrebatado, como el figurón del toreo que es. Sin volver la cara en ningún momento. Llegó a Arnedo dispuesto a todo y en cuerpo y alma se entregó, porque incluso pareó al cuarto. Una historia sin guion. Y Ortega se sumó a ella.

De rodillas desde el tercio recibió Morante a su segundo, al cuarto, primero arrebujándose el capote al cuerpo y después con una larga cambiada para continuar por chicuelinas ceñidísimas. Dos faroles iniciaron un intento de galleo para llevarlo al caballo. Todo improvisación. Es Morante. El toro, muy blandito. Lo midió mucho en varas y tuvo que mimarlo después para hacer lío. Los naturales fueron sensacionales, de mano baja, dominados, largos, encajados y llevados hasta donde se vacía el toreo bueno. Se inventó una faena a un toro que ofrecía poco porque vino dispuesto a llevarse al público a donde fuese. Desplegó toda su tauromaquia. Todo fueron emociones. Era día para dejarse llevar. En el primero poco pudo hacer ante un astado que no transmitió y que embistió sin emoción. Lo intentó pero la falta de fuelle no le permitió que fluyera la cosa.

Diego toreó bonito a la verónica en su primero y después con unas ceñidísimas chicuelinas que remató con una elegante larga. El público se entregó pronto. Al cirujano Antonio Domínguez le brindó el toro, al igual que lo hizo también Morante y Ortega. Fue haciendo la faena lento, primero por el derecho, en los medios, buena serie. Sensacional la siguiente también por la misma mano. El toro era repetidor y tenía clase. Por el izquierdo viajaba algo más descompuesto, pero tiró de él y como obedecía al toque fue armando las series. La gente se entregó. Una locura buena rendida a su toreo reposado y clásico. Dos orejas. Imposible hacer mella con el quinto, pese al intento que no cesó. Al abandonar la plaza por la puerta grande pasó a la enfermería. El percance de Valencia seguía ahí.

Otras dos orejas cortó Ortega en su primero. El toro fue molesto, no tenía una embestida agradable y se quedaba corto. Fue tirando de él y a medida que avanzó la faena fue más manejable y afloraron pasajes extraordinarios. Trató de hacer que el momento fuese suyo, con torería y delicadeza, y lo consiguió. Con el que cerraba plaza lo intentó, bonito fue el toreo con el capote sobre todo en el quite por chicuelinas de mano baja, pero costaba alcanzar lo vivido ya. La gente se emborrachó pronto de toreo. Disfrutó. Gozamos. Nos dejamos llevar. Una tarde que da vida.